Saltar al contenido

Gracias amigo por llamarme; amigo.

29 septiembre, 2018

Allá por el mes de junio mi buen y querido amigo, Ismael Pantaleón, de Ideas Infinitas, me envió un correo, llevábamos tiempo sin hablar y contarnos cosas y quería saber cómo estaba y como me iban las cosas en lo profesional y en lo personal, se lo agradecí muchísimo, me hizo mucha ilusión.

Nos contamos cosas vía correo, yo le hablé sobre el gran cambio que iba a dar a mi vida (escribiré sobre esto en un próximo post, paciencia pues), el me transmitió un esbozo de sus proyectos en México y nos emplazamos a provocar una ocasión para vernos los tres, él, Txus y yo y compartir cosas de nuestras vidas, me dijo que después del verano me llamaba para hablar, en la mañana del pasado lunes 3 de septiembre cumplió su palabra, como siempre, y me llamó por teléfono.

Me hizo muy feliz hablar con él durante un largo rato, saber de sus proyectos y de su vida, compartimos algunas ideas y preocupaciones, le hice saber que estaba muy agradecido por su llamada y por su colaboración en una de las fases de mi proceso de cambio vital y que me había dado energía para todo el día. Después, durante una ruta en bicicleta a la que dediqué el resto de la mañana, me acordé mucho de él.

Desde las corrientes teóricas de la Sociología de las Emociones, sobre todo las relacionadas con el Interaccionismo se establece que la mayor parte de las emociones humanas son sociales pues se producen en la interacción con otras personas, es necesaria la presencia de otras personas, es necesario el “cara a cara”, tal como expone E. Goffman, para que se produzca el contagio emocional; y le otorgan un papel fundamental a la comunicación, al lenguaje, al habla, como factor determinante en la transmisión emocional. Dejando aparte las redes sociales, soy de la opinión que también en la distancia y sin el cara a cara aparentemente necesario, se produce el contagio emocional que permite la conexión (o rechazo) entre las personas.

En una conversación por teléfono el tono y la inflexión de la voz, las palabras que se utilicen y el sentido que se les dé, actúan como un potente estímulo emocional. Incluso, diría yo, que el mero hecho de escuchar el tono de llamada y ver quién te llama, ya produce una determinada emoción y (pre)dispone a pensar en la persona que se encuentra al otro lado del hilo de una u otra manera, de este detalle, aparentemente nimio, dependerá al tono y palabras que se utilicen en la charla. Desde que suena el teléfono hasta que se pronuncian las primeras palabras, hay tiempo suficiente para regular – o no- ese estado emocional influyendo en el resultado y las consecuencias de la conversación.

Así fue con mi amigo Ismael, en cuanto vi en la pantalla del teléfono su nombre, se produjo en mi cara una gran sonrisa, a mi mente vino la imagen de su cara sonriente, y en cuanto escuché su voz que, dicho sea de paso, transmite bondad, experimenté una intensa emoción de felicidad. Recuerdo que una de las primeras palabras que ambos dijimos fue la de amigo.

Una llamada de teléfono a tiempo, coup de telephone, que dirían en Francia, puede cumplir un amplio abanico de funciones. Desde la distancia, puede ayudar a establecer un diálogo y solventar un conflicto, o agravarlo, puede aclarar situaciones, puede dar información, puede transmitir y declarar amor. ¿Cuántas relaciones quedan rotas por que ninguna de las partes se decide a llamar por teléfono?, ¿cuántos problemas podrían ser resueltos?

Unas de estas funciones más importante es la de acortar distancias. En estos días de tanto debate sobre las personas migrantes, pensemos en el shock emocional que sufren y cómo lo atenúan, en cómo resuelven sus rupturas, separaciones y alejamientos familiares, ¡con llamadas y conversaciones por teléfono!

El mero echo de escuchar la voz de una persona querida, imaginemos una madre que escucha la voz de un hijo o una hija de la que está separada por miles de kilómetros de distancia, transmite y contagia la vivencia emocional del momento, congoja, alegría, enojo, rabia, tristeza, preocupación, miedo, de inmediato surgen las lágrimas a uno y otro lado de la línea.

Por eso de la importancia de poseer un teléfono móvil para estas personas, de ahí la importancia de los locutorios que en los últimos tiempos han proliferado, incluso es un elemento vital para las PSH, personas en situación de exclusión social extrema. Para estas personas es imprescindible disponer de teléfono móvil pues es el único medio de contacto con sus personas queridas, o no queridas, y de contacto con las emergencias.

Volviendo sobre los efectos emocionales de una conversación telefónica, mi amigo Ismael aprovechó para halagarme, valorarme y reconocerme, y yo a él, pero lo haremos presencialmente próximamente porque nos hemos emplazado, obligado, a reservar un par de días el mes próximo para estar juntos. A través del teléfono nos hemos emocionado mutuamente y hemos sentido el impulso de viajar para vernos, de los viajes hablaba en el anterior post, uno de los grandes motivos de emprender un viaje es el de abrazar a un amigo, o amiga, y satisfacer la humana necesidad del contacto físico, de la interacción cara a cara, de consolidar una amistad, auténtico valor humano.

Mientras eso ocurre, bienvenidas y emotivas sean las llamadas por teléfono.

Y tú, ¿Tienes pendiente alguna llamada telefónica?, si es así, no lo dudes, emociónate a distancia.

La emocionante aventura de viajar

12 septiembre, 2018
Quiero dedicar este post, a modo de recuerdo y homenaje, a esa gran cantidad de niños y niñas que debido a la pobreza sufren la privación de cualquier opción de vivir la emocionante aventura de viajar y vivir experiencias excepcionales. 

¿Adónde vas? ¿Dónde has estado? Estas son preguntas que hacemos, nos hacen y escuchamos con insistencia durante la época estival que ahora termina. Tiempo de vacaciones, de viajes, de turismo, de playa, de montaña o de regreso a la casa de pueblo. Cualquiera de las opciones es valida, que cada cual opte por la que más le plazca o pueda.

Pero de lo que yo quiero hablar en este post es de la ilusionante experiencia de viajar y del emocionante contenido de la literatura de viajes, porque viajar es una apertura a la vivencia de montones de emociones, así como narrar el propio viaje y leer sobre lo acontecido en los viajes y aventuras de otras personas.

Yo me reconozco como un ser de espíritu explorador y aventurero, tal vez por eso me fascina la literatura de viajes, y me entusiasma la idea de afrontar el reto de aprender y probar a ser un Narrador de viajes. Existen extraordinarias referencias de las cuales aprender, aquí expongo algunas de las que he leído últimamente, empezando por Julio Verne de quien aún conservo siete de sus obras de viajes fantásticos y Robert. L. Stevenson, en cuyo legado literario hay una vasta obra de crónicas de viajes como En los mares del Sur.

Javier Reverte y su excelente libro La aventura de viajar que he terminado de leer hace poco y que me ha inspirado para escribir este post. Éste es un libro ecléctico, donde narra su vida como viajero, desde las excursiones infantiles, pasando por las crónicas de guerra que le llevaron por todo el mundo, hasta sus vivencias como mochilero, que le han llevado a conocer lugares inhóspitos y alejados de nuestro mundo occidental. Su lectura me ha generado una gran satisfacción y alegría porque en él he encontrado multitud de referencias que me conectan con muchas anécdotas y recuerdos personales de mis viajes y aventuras.

Manuel Leguineche, descubrí su genial El camino más corto de la mano y recomendación de Maribel y Roberto, que dan vida a El guisante verde, un magnífico blog de narración de viajes. En su último post escriben sobre la futurista Nantes y sus “máquinas vivientes”. Una ciudad de la que guardo fantásticos recuerdos. Fue una gratísima sorpresa viajera.

Disfruté muchísimo leyendo Últimas noticias de Sur, una crónica del viaje realizado por dos amigos, Luis Sepúlveda y Daniel Mordzinski a la Patagonia, un lugar en el que según ellos escriben; al sur del paralelo 42º la confianza nace sin términos medios, sin ambigüedades ni torpes llamadas a la prudencia. Parajes andinos que forman parte de mi baúl de sueños y lugares a descubrir.

Viajar es apasionante, te llena la vida de anécdotas, de sucesos que ayudan a descubrir nuestro auténtico y genuino “yo”, porque en los viajes suceden cosas extraordinarias, insólitas, fuera de lo común. En el blog EiTB.Inteligencia emocional, Maribel describe con certeza grandes beneficios que conlleva el viajar.

El hecho de viajar se torna necesidad, está enraizado en lo más profundo de los genes humanos. Quizás sea debido a la inmensa experiencia emocional que aporta, viajar es una actividad que hace “sentir la vida”. Desde la ilusión, alegría y nerviosismo de los preparativos, de la ansiedad y ganas de que llegue la hora de partir, pasando por la sorpresa permanente en destino, y sí, también por la tristeza del regreso.

En mi caso particular, recuerdo con intensidad aquellos primeros y excepcionales viajes durante mi infancia y adolescencia en los que toda la familia nos trasladábamos a veranear en el antiguo tren de vía estrecha, desde la desaparecida (1968) estación de la calle Los Herrán (Vitoria-Gasteiz) a Deba, a casa de mis abuelos maternos.

Aquel tren de vía estrecha era un medio de transporte para las clases sociales menos pudientes y servía para viajar a localidades de baja o mediana población y era utilizado por los aficionados al montañismo, que realizaban excursiones los fines de semana a los picos de Gipuzkoa, cercanos al recorrido del tren.

Yo viajaba cautivado por los misteriosos y húmedos túneles, por el verdor de prados y bosques, en mi recuerdo guardo el rítmico movimiento y sonido de “traqueteo” de aquel tren, hasta que al llegar a Mendaro intuíamos con alborozo infantil la cercanía de la costa y los maravillosos días que nos quedaban por disfrutar. Al igual que a Javier Reverte,“mi visión del mar en un día de la infancia, son sensaciones y emociones que identifico con el viaje”.

Después, desde joven hasta la actualidad, he tratado de conservar y cultivar esa ilusión y fascinación por viajar e impregnarme del particular ambiente de cada lugar. A este respecto, en La aventura de viajar, Reverte escribe: “a todos los niños, desde siempre, les han gustado los hechos excepcionales, las sorpresas. Muchos poseen un alma aventurera que suele estar en primer plano de su personalidad. Lo que ocurre es que, mientras van creciendo, la sociedad adulta se ocupa de ir desvaneciendo esa sed de aventura, borrándola entre las tinieblas del corazón del niño”.

En mi caso particular, os aseguro que mi alma aventurera ha permanecido intacta, he tenido la fortuna de poder viajar con asiduidad, a diferentes lugares y de diferentes y divertidas maneras.

Recuerdo aquellos viajes a Francia a finales de los años 70 del pasado siglo, a comprar material de montaña y fotografía, al regresar, llenos de miedo, inventábamos mil peripecias para esconder la compra y pasar la frontera sin declararla porque esto suponía un importante incremento del precio y nuestros recursos eran muy limitados.

También en edad juvenil llegaron los viajes y aventuras de escalada y ascensión de montañas, y como narra Reverte: “El sabor caldorro del agua de una cantimplora y la frescura del agua en las fuentes serranas, el olor a pinos en verano, el gusto de un bocadillo frío de tortilla de patatas, a veces, un filete ruso y un par de naranjas”.

En Francia recorrimos la región Centro-Valle del Loira (Orleans) durante diez días en un carro tirado por una mula de nombre Coquette, de regreso, casi sin tiempo de hacer de nuevo la maleta, nos fuimos a Marruecos (en autobús litera) allí probé por primera vez una comida bereber que me encanta desde entonces, el cuscús (cous-cous). En México hicimos un traslado en una avioneta, “durante una tormenta tropical”, en la que tuve que ir sujetando la puerta desde dentro porque se abría, no olvidaré nunca ese viaje, mi segundo hijo se concibió allí. Aunque bien es cierto, que ningún viaje se olvida si te ha emocionado.

Así ahora, cuando escribo estas líneas y lo recuerdo (ya escribí anteriormente sobre este viaje ) aún siento la misma emoción de amargura y rabia que sentí en el cementerio americano junto a la playa de Omaha (desde Vierville hasta Coleville-Normandía), escenario del Día D, lo mismo que sentí el pasado año en Croacia al ver que en algunos lugares aún permanece la desolación de la guerra; “el perfume de la guerra”, como describe Reverte en La aventura de viajar.

Viajar consiste en una intensa experiencia emocional, te cambia, te convierte en otra persona. En los viajes pueden ocurrir cosas extraordinarias, como dice Reverte, extraordinarias en el propio sentido de la palabra, lo que se sale de lo ordinario.

Y al igual que Reverte narra, “ahora a mis sesenta años, me sigo sintiendo capaz de apasionarme en cada uno de mis viajes y cada una de mis aventuras”.

En El camino más corto, Manu Leguineche introduce un escrito de H. Keyserling: El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo. Quiero anchuras, dilataciones donde mi vida tenga que transformarse por completo para subsistir, donde la intelección requiera una radical renovación de los recursos intelectuales. Quiero que el clima y otros aspectos imprevisibles envuelvan mi ser y actúen sobre mi alma, para ver lo que será entonces de mí.

Sea lo que sea que suceda en mis próximas emocionantes aventuras y viajes, bienvenido será; unas líneas más de Javier Reverte a modo de metáfora para concluir este post: El viaje concluyó una mañana de intensa luz. Ya en el aeropuerto, tras pasar los trámites de facturación y aduana, nos dirigimos a pie atravesando las pistas de aterrizaje para alcanzar el avión. Llegamos sudorosos a la escalerilla de la parte trasera del aparato y aún hubimos de quedarnos allí un rato, esperando bajo el sol de fuego. Había surgido un problema….(podéis seguir la lectura en La aventura de viajar, pág. 118)

Os dejo con mis próximas lecturas: 

El arte de caminar. Un viaje a escala humana. Altair

Confines. Javier Reverte, Plaza&Janés

Caminar puede ser un hecho erótico, o resultar un asunto exótico. 
Puede ser, es, un hecho artístico.
Caminar…es crear mapas dibujados con nuestros pasos.
Caminar es preguntar sin esperar respuesta,
es huir de nuestra sombra en una búsqueda incierta al ritmo del camino
embarcamos en ese «viaje a escala humana», que nos permite redescubrir territorios desde los caminos.
También comprender las emociones e ideas, entender el paseo como desafío.
Caminar, viajar como acto de libertad creativa, de pensamiento y acto revolucionario.

Ansiedad y perplejidad social

5 julio, 2018

Enlace a la imagen, https://monsieurdevillefort.wordpress.com/2015/11/

Vivimos en una época de incertidumbre. En sociedades anteriores a la nuestra, los seres humanos han vivido con un futuro tal vez más sombrío, pero la estabilidad de sus condiciones vitales – por muy negativas que fueran- les permitía pensar que el porvenir no les iba a deparar demasiadas sorpresas.  Podían pasar hambre y sufrir la opresión, pero no estaban perplejos. La perplejidad es una situación propia de sociedades en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos.

Así se expresa Daniel Innerarity en su último libro, Política para perplejos. Según Innerarity, nos hemos pasado mucho tiempo intentando racionalizar el diálogo y la convivencia, mientras lo ignorábamos casi todo acerca de cómo se estaban configurando los nuevos espacios emocionales.

El tema es serio, además de Innerarity, está concitando la atención de diversos pensadores y autores que han publicado La era de la perplejidad . Repensar el mundo que conocíamos.Y otros hasta han preparado Pedagogías para tiempos de perplejidad. De la información a la sabiduría con el desafío de empoderar a los sujetos humanos para que elijan y desarrollen su propio proyecto vital en los contextos complejos y singulares en los que viven.

Lo cual quiere decir que, como sociedad, seguimos en el empeño racionalizador de la modernidad, no hemos aprendido que todo lo que acontece en la vida social, las guerras, la economía, la política, la convivencia son como plantea Innerarity, y yo lo comparto, cada vez más asuntos primordialmente emocionales, espacios sentimentales donde se despliega la ansiedad, la ira o la confianza. Estas emociones y estados de ánimo son al mismo tiempo fuente de conflicto y vectores de construcción social.

Construcción social en el sentido de que son sentimientos y emociones colectivas con enorme fuerza transformadora, no arrebatos irracionales. Esta es una cuestión que desde este blog venimos narrando con insistencia, las emociones se configuran como fuerzas de transformación.

Innerarity, afirma sabiamente que debemos utilizar el gobierno de las emociones colectivas dado que contiene una fuerza que es clave para la transformación democrática de nuestras sociedades.

Estas reflexiones me llevan a recordar a Victoria Camps y su Gobierno de las emociones,  cuyo fundamento radica en la ÉTICA, en mayúsculas. Aunque Innerarity aquí no la menciona está muy presente en su obra.

Lo que sí menciona es que el aumento del desconcierto y la perplejidad viene aparejado a una disminución en la capacidad de comprensión de la sociedad, a la vez que se incrementa el poder de los afectos y las emociones como variable explicativa de la conducta social.

En este sentido, para él, el desconcierto y perplejidad política de nuestra época tienen que ver más con la incapacidad de reconocer y gestionar nuestras pasiones que con el orden de los conocimientos. No le falta razón, a nivel de emociones, la perplejidad se asocia con la permanente sorpresa para la que no estábamos preparados, nos descoloca y al no contar con las habilidades necesarias no sabemos reaccionar a tiempo, nos paraliza, y este no saber qué y cómo decidir nos sume en el sufrimiento de la ansiedad.

Alabo el acierto y astucia de Innerarity al utilizar la palabra perplejidad porque refleja fielmente el actual transcurrir de los acontecimientos de nuestra sociedad. Según la RAE, significa irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en algo. Por otra parte, en la teoría de la información representa medida utilizada en la distribución de una probabilidad desconocida relacionada con la entropía, aquí la usaré como medida del desorden o desequilibrio de un sistema social, de capacidad de transformación y evolución.

Esto es lo que caracteriza a esta sociedad nuestra llena de incertidumbres e inseguridades. Pero tengamos en cuenta que cada sociedad, en cada época y contexto, genera su propia estructura emocional.

A este respecto, Innerarity identifica la ansiedad colectiva como uno de los sentimientos, personales y colectivos característicos de nuestras sociedades. Nuestro mundo parece ser más incierto, más inseguro y, por consiguiente, más ansioso que el anterior.  Los sentimientos son de las personas, pero los hay también en las sociedades, en las que se producen constelaciones emocionales, atmósferas afectivas, sentimiento generalizados que explican buena parte de los sentimos, expresamos o hacemos.

Sobre este tema recomiendo la siguiente lectura:», Eduardo Bericat¿Sienten las sociedades? Emociones individuales, sociales y colectivas en P. Fernández y N. Ramos (Coords.), Corazones inteligentes, Kairós 2002, pp. 121-144).

Sobre este tipo de ansiedad hemos hablado mucho en otros foros, pero hay otro tipo de ansiedad que produce lágrimas que son perlas que caen al mar, que canta Nat King Cole al amor ausente.

Innerarity nos recuerda que el panorama actual es muy distinto, las condiciones inciertas del trabajo, el desconcierto que produce la volatilidad de los cambios, la dificultad de gestionar la información, la naturaleza de los nuevos conflictos como el terrorismo que representan una amenaza difusa e indiferenciada. Todo esto produce irritación, inseguridad y ansiedad. Sobre todo, por la dificultad de identificar los daños y protegerse contra ellos.

Un panorama en el que la ansiedad acerca del futuro personal y colectivo se convierte en una forma de miedo que carece de objeto de referencia, porque según Innerarity, hoy tenemos riesgos indeterminados y promesas de seguridad que funcionan como placebos, se mantienen las mismas viejas prácticas de seguridad que hoy tienen una eficacia limitada.

La perplejidad que todo esto produce es lo que explica el tono negativo que se ha apoderado de la política. Los agentes políticos nos cuentan historias de descontento y frustración, los discursos y mensajes transmiten con insistencia el supuesto de que va a ocurrir un desastre. La prevención se ha convertido en una estrategia clave.

Campañas de seguridad, sospechas hacia el emigrante, hacia el refugiado, detenciones indiscriminadas, vetos a la libertad de expresión y un largo etcétera que normalizan la desconfianza y la sospecha. Es este incremento de la sospecha el que acentúa la ansiedad en un bucle que se cierra sobre sí mismo, la vigilancia incrementa la sospecha, la sospecha, a su vez, impulsa a aumentar la vigilancia.

La desconfianza se encumbra como actitud generalizada detrás de la sospecha hacia los extraños. Este es un concepto que siempre me remite al fallecido Zigmun Bauman, que centró su último libro “Extraños llamando a la puerta” en la crisis de los refugiados, la perdida derechos y la política de construcción de muros en lugar de puentes.

En él culpa a los políticos de aprovecharse del miedo de los inmigrantes y pobres y escribe: “Esa crisis es, en el momento presente, una especie de nombre en clave políticamente correcta con el que designar la fase actual de la eterna batalla que los creadores de opinión libran sin descanso en pos de la conquista y el sometimiento de las mentes y los sentimientos humanos…”.

¿Qué podemos hacer para detener estos círculos infernales que desgarran el equilibrio emocional de las personas y las sociedades?

Es una buena pregunta que lanza Innerarity y buena es la repuesta que ofrece: Probablemente lo más revolucionario sea la serenidad, un valor que deberían cultivar nuestros gobernantes y deberíamos cultivar también entre la ciudadanía, o simplemente, en tanto que seres humanos.

Una reflexión de Innerarity que me ha llamado poderosamente la atención, y con la que estoy absolutamente de acuerdo, es que la ansiedad como emoción, fija a los sujetos en el momento presente y desmonta los sueños e ilusiones por un futuro mejor, además, con el aumento de la información disponible y su actualización impulsiva, podemos creer que estamos exonerados de ejercer la reflexión personalA la indignación suele faltarle reflexividad, está más interesada en denunciar que en construir, lo que limita su capacidad para generar iniciativas políticas.

Estoy de acuerdo, en la reflexión personal fallamos, invito a que desde la serenidad ejercitemos la reflexividad personal y colectiva y nos dotemos de una opinión crítica propia, estoy convencido de que con ello nos preparamos para afrontar la sorpresa y la perplejidad sin tanta ansiedad personal y social.

La perfección no existe, es una trampa emocional.

28 junio, 2018

Este post no me gusta, lo repetiré, y una vez escrito tampoco me gustará y lo volveré a escribir, y así sucesivamente, y posiblemente no lleguéis a leerlo.

Esto podría ocurrir si yo fuera un maníaco perfeccionista, un perfeccionista patológico.

Afortunadamente no padezco ese mal, me gusta hacer las cosas lo mejor posible dadas las circunstancias del momento, me gusta poner atención a los detalles y que lo que hago tenga sentido y armonía, no me obsesiono con la perfección, por eso este post está escrito como está y podéis leerlo.

¿Existe la perfección? ¿La ha visto Usted? ¿Ha podido sentirla? ¿Puede describirla? ¿Cómo es? Ante preguntas como estas, cada persona responderá de diferente manera por la sencilla razón de que cada cual mide la perfección de diferente manera. Depende de las vivencias y experiencias particulares. Este párrafo forma parte de un reciente artículo de Luis Llorente en RRHHDigital.

En mi opinión la perfección forma parte de los males que aquejan a nuestra sociedad. Es un dictamen, un mandato cultural -y empresarial- por el cual se nos ha exigido buscarla sin descanso en la consideración de que siempre se puede mejorar más y más y más,….lo cual sólo genera ansiedad y frustración. La perfección total no existe, su búsqueda es un camino al infinito. Una trampa del capitalismo consumista que promete la perfección y la felicidad.

Sobre esta cuestión escribe con amplitud Gilles Lipovetsky. En su libro La sociedad de la decepción analiza las sociedades hipermodernas:  Aparecen como sociedades de inflación decepcionante. Cuando se promete la felicidad a todos y se anuncian placeres en cada esquina, la vida cotidiana es una dura prueba. Más aún cuando la «calidad de vida» en todos los ámbitos (pareja, sexualidad, alimentación, hábitat, entorno, ocio, etc.) es hoy el nuevo horizonte de espera de los individuos. ¿Cómo escapar a la escalada de la decepción en el momento del «cero defectos» generalizado? Cuanto más aumentan las exigencias de mayor bienestar y una vida mejor, más se ensanchan las arterias de la frustración. Los valores hedonistas, la superoferta, los ideales psicológicos, los ríos de información, todo esto ha dado lugar a un individuo más reflexivo, más exigente, pero también más propenso a sufrir decepciones. Después de las «culturas de la vergüenza» y de las «culturas de la culpa», como las que analizó Ruth Benedict, henos ahora en las culturas de la ansiedad, la frustración y el desengaño.

Ante esta cultura del cero defectos y búsqueda de la perfección, la persona perfeccionista nunca estará satisfecha, no parará en su empeño de buscar algo mejor, y al no lograrlo se frustrará y sufrirá.

Bien es cierto que podemos ir mejorando aquello que hacemos basándonos en los conocimientos y experiencias que vamos adquiriendo en el proceso, pero sin la pretensión de alcanzar la perfección, porque no existe. Además, éste empeño nos hará perder la atención en la armonía del conjunto y disfrutar del camino, de la elaboración de cualquier tarea que emprendamos.

La búsqueda de la perfección no sólo es una lucha interna, también lo es con quienes nos rodean. Se convierte en una obsesión, Llorente la define con acierto como trampa emocional. Para la persona con obsesión perfeccionista, siempre habrá algo mejor, lo que hace, siempre será mejorable, lo que tiene nunca será lo perfecto, las personas que le rodean siempre cometerán errores, serán inútiles, torpes, y querrá cambiarlas, al no conseguirlo sólo sentirá dolor y sufrimiento.

La perfección -como acción insistente y repetitiva- tiene una curiosa paradoja, puede producir parálisis. La persona perfeccionista entrará en un bucle cognitivo de  pensamiento y creencia de que aquello que hace se puede hacer mejor, repitiendo el proceso una y otra vez, y no avanzará.

Las personas perfeccionistas pueden querer ocultar con su auto exigencia y en su búsqueda de la perfección, su incapacidad para aceptarse tal como son, sus debilidades, sus limitaciones, su inseguridad, su insuficiencia ante sus retos, en definitiva, su vulnerabilidad. Y no es cosa baladí, porque la perfección patológica puede generar un sinfín de malestares emocionales, problemas de salud y de relación social, de tal manera que suelen verse atrapadas por comportamientos prepotentes y de desprecio a los demás, incluso pueden convertirse en personas agresivas.

Decepción, frustración, tristeza, rabia, estrés, ansiedad, culpa, vergüenza y miedo, son algunos de los estados emocionales escondidos en su trampa emocional.

La frustración debida a no conseguir la perfección puede estar provocada por la falta de adecuación de objetivos y expectativas, y a no contemplar la realidad temporal y del entorno. Es el camino “perfecto” (¿existe algún camino perfecto?) para la permanente queja y la desilusión.

¿Cómo poder evitar esa frustración y decepción? Con optimismo. Apoyarse en la autenticidad, en la humildad, en la constancia, y sobre todo, tratando de revisar y recalibrar los objetivos y expectativas. Con la idea de que para muchas situaciones y problemas de la vida no existe la solución ideal. Valorar lo que se tiene y lo que se hace, bien o mal.

Perfeccionista, disfruta de lo que haces, de lo que tienes, no busques la perfección, sí hacer lo que hagas lo mejor posible, dadas las circunstancias, de manera digna.

Bueno, como veréis, ni estas recomendaciones son perfectas, ni este post es perfecto, ni tiene por qué serlo.