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Ansiedad y perplejidad social

5 julio, 2018

Enlace a la imagen, https://monsieurdevillefort.wordpress.com/2015/11/

Vivimos en una época de incertidumbre. En sociedades anteriores a la nuestra, los seres humanos han vivido con un futuro tal vez más sombrío, pero la estabilidad de sus condiciones vitales – por muy negativas que fueran- les permitía pensar que el porvenir no les iba a deparar demasiadas sorpresas.  Podían pasar hambre y sufrir la opresión, pero no estaban perplejos. La perplejidad es una situación propia de sociedades en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos.

Así se expresa Daniel Innerarity en su último libro, Política para perplejos. Según Innerarity, nos hemos pasado mucho tiempo intentando racionalizar el diálogo y la convivencia, mientras lo ignorábamos casi todo acerca de cómo se estaban configurando los nuevos espacios emocionales.

El tema es serio, además de Innerarity, está concitando la atención de diversos pensadores y autores que han publicado La era de la perplejidad . Repensar el mundo que conocíamos.Y otros hasta han preparado Pedagogías para tiempos de perplejidad. De la información a la sabiduría con el desafío de empoderar a los sujetos humanos para que elijan y desarrollen su propio proyecto vital en los contextos complejos y singulares en los que viven.

Lo cual quiere decir que, como sociedad, seguimos en el empeño racionalizador de la modernidad, no hemos aprendido que todo lo que acontece en la vida social, las guerras, la economía, la política, la convivencia son como plantea Innerarity, y yo lo comparto, cada vez más asuntos primordialmente emocionales, espacios sentimentales donde se despliega la ansiedad, la ira o la confianza. Estas emociones y estados de ánimo son al mismo tiempo fuente de conflicto y vectores de construcción social.

Construcción social en el sentido de que son sentimientos y emociones colectivas con enorme fuerza transformadora, no arrebatos irracionales. Esta es una cuestión que desde este blog venimos narrando con insistencia, las emociones se configuran como fuerzas de transformación.

Innerarity, afirma sabiamente que debemos utilizar el gobierno de las emociones colectivas dado que contiene una fuerza que es clave para la transformación democrática de nuestras sociedades.

Estas reflexiones me llevan a recordar a Victoria Camps y su Gobierno de las emociones,  cuyo fundamento radica en la ÉTICA, en mayúsculas. Aunque Innerarity aquí no la menciona está muy presente en su obra.

Lo que sí menciona es que el aumento del desconcierto y la perplejidad viene aparejado a una disminución en la capacidad de comprensión de la sociedad, a la vez que se incrementa el poder de los afectos y las emociones como variable explicativa de la conducta social.

En este sentido, para él, el desconcierto y perplejidad política de nuestra época tienen que ver más con la incapacidad de reconocer y gestionar nuestras pasiones que con el orden de los conocimientos. No le falta razón, a nivel de emociones, la perplejidad se asocia con la permanente sorpresa para la que no estábamos preparados, nos descoloca y al no contar con las habilidades necesarias no sabemos reaccionar a tiempo, nos paraliza, y este no saber qué y cómo decidir nos sume en el sufrimiento de la ansiedad.

Alabo el acierto y astucia de Innerarity al utilizar la palabra perplejidad porque refleja fielmente el actual transcurrir de los acontecimientos de nuestra sociedad. Según la RAE, significa irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en algo. Por otra parte, en la teoría de la información representa medida utilizada en la distribución de una probabilidad desconocida relacionada con la entropía, aquí la usaré como medida del desorden o desequilibrio de un sistema social, de capacidad de transformación y evolución.

Esto es lo que caracteriza a esta sociedad nuestra llena de incertidumbres e inseguridades. Pero tengamos en cuenta que cada sociedad, en cada época y contexto, genera su propia estructura emocional.

A este respecto, Innerarity identifica la ansiedad colectiva como uno de los sentimientos, personales y colectivos característicos de nuestras sociedades. Nuestro mundo parece ser más incierto, más inseguro y, por consiguiente, más ansioso que el anterior.  Los sentimientos son de las personas, pero los hay también en las sociedades, en las que se producen constelaciones emocionales, atmósferas afectivas, sentimiento generalizados que explican buena parte de los sentimos, expresamos o hacemos.

Sobre este tema recomiendo la siguiente lectura:», Eduardo Bericat¿Sienten las sociedades? Emociones individuales, sociales y colectivas en P. Fernández y N. Ramos (Coords.), Corazones inteligentes, Kairós 2002, pp. 121-144).

Sobre este tipo de ansiedad hemos hablado mucho en otros foros, pero hay otro tipo de ansiedad que produce lágrimas que son perlas que caen al mar, que canta Nat King Cole al amor ausente.

Innerarity nos recuerda que el panorama actual es muy distinto, las condiciones inciertas del trabajo, el desconcierto que produce la volatilidad de los cambios, la dificultad de gestionar la información, la naturaleza de los nuevos conflictos como el terrorismo que representan una amenaza difusa e indiferenciada. Todo esto produce irritación, inseguridad y ansiedad. Sobre todo, por la dificultad de identificar los daños y protegerse contra ellos.

Un panorama en el que la ansiedad acerca del futuro personal y colectivo se convierte en una forma de miedo que carece de objeto de referencia, porque según Innerarity, hoy tenemos riesgos indeterminados y promesas de seguridad que funcionan como placebos, se mantienen las mismas viejas prácticas de seguridad que hoy tienen una eficacia limitada.

La perplejidad que todo esto produce es lo que explica el tono negativo que se ha apoderado de la política. Los agentes políticos nos cuentan historias de descontento y frustración, los discursos y mensajes transmiten con insistencia el supuesto de que va a ocurrir un desastre. La prevención se ha convertido en una estrategia clave.

Campañas de seguridad, sospechas hacia el emigrante, hacia el refugiado, detenciones indiscriminadas, vetos a la libertad de expresión y un largo etcétera que normalizan la desconfianza y la sospecha. Es este incremento de la sospecha el que acentúa la ansiedad en un bucle que se cierra sobre sí mismo, la vigilancia incrementa la sospecha, la sospecha, a su vez, impulsa a aumentar la vigilancia.

La desconfianza se encumbra como actitud generalizada detrás de la sospecha hacia los extraños. Este es un concepto que siempre me remite al fallecido Zigmun Bauman, que centró su último libro “Extraños llamando a la puerta” en la crisis de los refugiados, la perdida derechos y la política de construcción de muros en lugar de puentes.

En él culpa a los políticos de aprovecharse del miedo de los inmigrantes y pobres y escribe: “Esa crisis es, en el momento presente, una especie de nombre en clave políticamente correcta con el que designar la fase actual de la eterna batalla que los creadores de opinión libran sin descanso en pos de la conquista y el sometimiento de las mentes y los sentimientos humanos…”.

¿Qué podemos hacer para detener estos círculos infernales que desgarran el equilibrio emocional de las personas y las sociedades?

Es una buena pregunta que lanza Innerarity y buena es la repuesta que ofrece: Probablemente lo más revolucionario sea la serenidad, un valor que deberían cultivar nuestros gobernantes y deberíamos cultivar también entre la ciudadanía, o simplemente, en tanto que seres humanos.

Una reflexión de Innerarity que me ha llamado poderosamente la atención, y con la que estoy absolutamente de acuerdo, es que la ansiedad como emoción, fija a los sujetos en el momento presente y desmonta los sueños e ilusiones por un futuro mejor, además, con el aumento de la información disponible y su actualización impulsiva, podemos creer que estamos exonerados de ejercer la reflexión personalA la indignación suele faltarle reflexividad, está más interesada en denunciar que en construir, lo que limita su capacidad para generar iniciativas políticas.

Estoy de acuerdo, en la reflexión personal fallamos, invito a que desde la serenidad ejercitemos la reflexividad personal y colectiva y nos dotemos de una opinión crítica propia, estoy convencido de que con ello nos preparamos para afrontar la sorpresa y la perplejidad sin tanta ansiedad personal y social.

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La perfección no existe, es una trampa emocional.

28 junio, 2018

Este post no me gusta, lo repetiré, y una vez escrito tampoco me gustará y lo volveré a escribir, y así sucesivamente, y posiblemente no lleguéis a leerlo.

Esto podría ocurrir si yo fuera un maníaco perfeccionista, un perfeccionista patológico.

Afortunadamente no padezco ese mal, me gusta hacer las cosas lo mejor posible dadas las circunstancias del momento, me gusta poner atención a los detalles y que lo que hago tenga sentido y armonía, no me obsesiono con la perfección, por eso este post está escrito como está y podéis leerlo.

¿Existe la perfección? ¿La ha visto Usted? ¿Ha podido sentirla? ¿Puede describirla? ¿Cómo es? Ante preguntas como estas, cada persona responderá de diferente manera por la sencilla razón de que cada cual mide la perfección de diferente manera. Depende de las vivencias y experiencias particulares. Este párrafo forma parte de un reciente artículo de Luis Llorente en RRHHDigital.

En mi opinión la perfección forma parte de los males que aquejan a nuestra sociedad. Es un dictamen, un mandato cultural -y empresarial- por el cual se nos ha exigido buscarla sin descanso en la consideración de que siempre se puede mejorar más y más y más,….lo cual sólo genera ansiedad y frustración. La perfección total no existe, su búsqueda es un camino al infinito. Una trampa del capitalismo consumista que promete la perfección y la felicidad.

Sobre esta cuestión escribe con amplitud Gilles Lipovetsky. En su libro La sociedad de la decepción analiza las sociedades hipermodernas:  Aparecen como sociedades de inflación decepcionante. Cuando se promete la felicidad a todos y se anuncian placeres en cada esquina, la vida cotidiana es una dura prueba. Más aún cuando la «calidad de vida» en todos los ámbitos (pareja, sexualidad, alimentación, hábitat, entorno, ocio, etc.) es hoy el nuevo horizonte de espera de los individuos. ¿Cómo escapar a la escalada de la decepción en el momento del «cero defectos» generalizado? Cuanto más aumentan las exigencias de mayor bienestar y una vida mejor, más se ensanchan las arterias de la frustración. Los valores hedonistas, la superoferta, los ideales psicológicos, los ríos de información, todo esto ha dado lugar a un individuo más reflexivo, más exigente, pero también más propenso a sufrir decepciones. Después de las «culturas de la vergüenza» y de las «culturas de la culpa», como las que analizó Ruth Benedict, henos ahora en las culturas de la ansiedad, la frustración y el desengaño.

Ante esta cultura del cero defectos y búsqueda de la perfección, la persona perfeccionista nunca estará satisfecha, no parará en su empeño de buscar algo mejor, y al no lograrlo se frustrará y sufrirá.

Bien es cierto que podemos ir mejorando aquello que hacemos basándonos en los conocimientos y experiencias que vamos adquiriendo en el proceso, pero sin la pretensión de alcanzar la perfección, porque no existe. Además, éste empeño nos hará perder la atención en la armonía del conjunto y disfrutar del camino, de la elaboración de cualquier tarea que emprendamos.

La búsqueda de la perfección no sólo es una lucha interna, también lo es con quienes nos rodean. Se convierte en una obsesión, Llorente la define con acierto como trampa emocional. Para la persona con obsesión perfeccionista, siempre habrá algo mejor, lo que hace, siempre será mejorable, lo que tiene nunca será lo perfecto, las personas que le rodean siempre cometerán errores, serán inútiles, torpes, y querrá cambiarlas, al no conseguirlo sólo sentirá dolor y sufrimiento.

La perfección -como acción insistente y repetitiva- tiene una curiosa paradoja, puede producir parálisis. La persona perfeccionista entrará en un bucle cognitivo de  pensamiento y creencia de que aquello que hace se puede hacer mejor, repitiendo el proceso una y otra vez, y no avanzará.

Las personas perfeccionistas pueden querer ocultar con su auto exigencia y en su búsqueda de la perfección, su incapacidad para aceptarse tal como son, sus debilidades, sus limitaciones, su inseguridad, su insuficiencia ante sus retos, en definitiva, su vulnerabilidad. Y no es cosa baladí, porque la perfección patológica puede generar un sinfín de malestares emocionales, problemas de salud y de relación social, de tal manera que suelen verse atrapadas por comportamientos prepotentes y de desprecio a los demás, incluso pueden convertirse en personas agresivas.

Decepción, frustración, tristeza, rabia, estrés, ansiedad, culpa, vergüenza y miedo, son algunos de los estados emocionales escondidos en su trampa emocional.

La frustración debida a no conseguir la perfección puede estar provocada por la falta de adecuación de objetivos y expectativas, y a no contemplar la realidad temporal y del entorno. Es el camino “perfecto” (¿existe algún camino perfecto?) para la permanente queja y la desilusión.

¿Cómo poder evitar esa frustración y decepción? Con optimismo. Apoyarse en la autenticidad, en la humildad, en la constancia, y sobre todo, tratando de revisar y recalibrar los objetivos y expectativas. Con la idea de que para muchas situaciones y problemas de la vida no existe la solución ideal. Valorar lo que se tiene y lo que se hace, bien o mal.

Perfeccionista, disfruta de lo que haces, de lo que tienes, no busques la perfección, sí hacer lo que hagas lo mejor posible, dadas las circunstancias, de manera digna.

Bueno, como veréis, ni estas recomendaciones son perfectas, ni este post es perfecto, ni tiene por qué serlo.

Miedos (des)conocidos

22 junio, 2018

Se dice que nuestra sociedad es la sociedad del miedo, pero ¿de qué tenemos miedo? Porque miedos hay muchos, diversos, diferentes, similares, justificados y no justificados. Unos miedos ayudan y otros perjudican.

Hemos visitado el miedo  numerosas ocasiones  en EiTB Inteligencia emocional. Pero hoy he invitado a dos miedos de los que poco se habla, poco se explica de ellos, por lo que son (des)conocidos. Recojo el prefijo des entre paréntesis para reforzar su intencionalidad y significado; negación o inversión. En este caso, los miedos de los que hablo son dos miedos negados y en parte, sólo en parte conocidos, es decir, desconocidos.

Por un lado, me refiero al miedo que sufren las personas que viven y duermen en la calle, al miedo de las Personas Sin Hogar. Y ciertamente, muy poco se conoce de estas personas y mucho menos de sus miedos. Por otro lado, hablo del miedo a estas personas, de la Aporofobia. Éste es un concepto acuñado en 1995 por Adela Cortina y que desarrolla en su libro Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia. Se trata de un neologismo formado a partir de la voz griega á-poros, ‘sin recursos’ o ‘pobre’, y fobos, ‘miedo’, por tanto, significa: Odio, miedo, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el que no tiene recursos o el que está desamparado”.

Esta palabra ha cogido tanto auge actualmente que ha sido elegida palabra del año 2017 por la Fundación del Español Urgente, incluso el Senado español aprobó el pasado mes de septiembre una moción en la que pide la inclusión de la aporofobia como circunstancia agravante en el Código Penal. En nuestra sociedad, este concepto tiene su origen en el miedo, tiene como trasfondo el rechazo ancestral que el ser humano ha sentido siempre por la figura del pobre.

Como dice A. Cortina, este miedo no es una fobia difusa, es una actitud que trata de ser justificada. En mi opinión, se trata de un miedo diferente y no justificado, miedo a lo diferente, al diferente, a lo desconocido, por tanto, es un miedo irracional. Este no es miedo que paraliza, más bien al contrario, es un miedo que impulsa a la violencia, a la agresión. Sin embargo y en oposición, el miedo de las Personas sin Hogar es un miedo totalmente diferente a éste, porque sí es un miedo paralizante y está totalmente justificado.

Hace pocos días, leí una noticia en la prensa titulada La hora del miedo para las personas sin hogar: Rafael Santamaría tenía 32 años cuando, en agosto de 2009, un grupo de jóvenes se lo encontró durmiendo
 en un fotomatón en Madrid. Losiguiente que recuerda este zamorano
 es despertarse en un hospital. Le habían reventado a patadas el cráneo.Tenía suerte de seguir con vida, peroperdió la movilidad en parte de su cuerpo, además del habla.

El Movimiento contra la Intolerancia (MCI) llevó su caso a los tribunales. Esta entidad ha documentado 22 asesinatos desde 1992 de Personas sin Hogar. La caída de la noche es un momento de mucha tensión. Y no solo por el frío. Entre estas personas, quien no ha sufrido una paliza ha visto como al de al lado intentaban quemarle vivo mientras dormía.

A través del Informe Hatento, la Fundación RAIS ha elaborado la primera aproximación empírica a la violencia que, según este estudio, han sufrido el 47 % de las 31.000 Personas sin Hogar en nuestro país. Estos delitos de odio contra las Personas sin Hogar es un fenómeno invisible, por eso decía anteriormente que su miedo es desconocido.

El 60 % de las agresiones se produjeron mientras las víctimas dormían; en dos terceras partes de los casos los hechos fueron presenciados por testigos, que como norma general no prestaron ninguna ayuda (excluidos como testigos otras Personas sin Hogar, un 80 % pasó de largo, y solo un 2,7 % llamó a la Policía). El 10 % de los agresores resultaron ser miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, un factor que disuade de presentar denuncias, unido a que, en un 70 % de los casos, la atención recibida en la comisaría fue «poco o nada satisfactoria». En los 114 casos pormenorizadamente recogidos en la investigación por RAIS, sólo 15 víctimas presentaron denuncia. Ninguna acabó en sentencia condenatoria.

Nos enfrentamos a una patología social. La aparofobia es un fenómeno absolutamente corrosivo, pone nombre a una realidad, a un sentimiento. Permitidme que lo analice desde la perspectiva teórica que Zygmunt Bauman desarrolla en La posmodernidad y sus descontentos, según la cual este fenómeno aporofóbico hace alusión al concepto sueño de la pureza de una sociedad, por tanto se vería a las PSH (Personas sin Hogar) como contaminación, personas que no encajan, es suciedad que hay que limpiar. Es una cuestión de orden, el extraño hace añicos la seguridad de la vida cotidiana.

Bauman pone el punto de mira en el caldo de cultivo para la aparición de ideologías totalitarias, peligrosas y que pueden encaminarse hacia la búsqueda de la solución final, que infaustos recuerdos nos trae. Cierto es que toda sociedad produce sus extraños, hasta ahora parecía que estos extraños eran las personas excluidas, entre ellas como máxima expresión de la exclusión social, las PSH. Sin embargo, en la actualidad la aporofobia parece orientarse hacia “los pobres” en general. No encajan en algunos mapas cognitivos, morales o estéticos del mundo.

Siguiendo con el análisis del miedo de las PSH, el principal factor de riesgo para que una de ellas sea víctima de un incidente o delito de odio es encontrarse con otra persona que crea que aquellas no merecen su respeto y esté dispuesta a comportarse en consecuencia. Quienes cometen delitos de odio por aporofobia son los únicos responsables de sus conductas.

Quiero hacer énfasis en que las PSH forman un grupo social especialmente vulnerable frente a los delitos de odio. Los prejuicios en torno a la criminalización de las PSH (en la actualidad también de los pobres) es otro de los factores que pueden incrementar la vulnerabilidad frente a este tipo de experiencias.

Según la percepción de las víctimas, estos incidentes pudieran estar motivados por los prejuicios y la intolerancia hacia ellas. En la investigación de RAIS se les preguntó sobre las razones que tenían para pensar de esta forma. Un 30,7% de las personas entrevistadas señala que el agresor o agresores lo dijeron de manera explícita durante el incidente y el 35,1% considera que le vieron más indefensa y vulnerable. Pero, en mi opinión, la cuestión más grave es que el perfil de los atacantes relaciona con personas jóvenes que consuman su violencia unas veces de manera organizada y otras a modo de diversión cuando están de fiesta nocturna.

Cuando se vive en la calle, no se duerme profundamente, sino que siempre se mantienen en estado de alerta o, si duermen en grupo, se turnan para vigilar que no pase nada. Uno de los testimonios especialmente relevante, fue el de un chico joven marroquí que, a pesar de no haber sufrido ningún episodio de este tipo, era plenamente consciente del riesgo y la vulnerabilidad de manera que nunca dormía por la noche, sino que se dedicaba a pasear por la ciudad hasta que abrían el metro, donde entraba a dormir en el asiento de un vagón.

Tiene razones de sobra para tener MIEDO, porque en un 60% de los casos, el lugar en el que se produjo el incidente o delito de odio coincidía con el lugar donde estaba durmiendo la víctima. En el estudio se les preguntó si cambiaron alguno de sus hábitos o su forma de pensar para tratar de protegerse. Un 53% de las víctimas respondió afirmativamente y entre éstas, un 63,8% cambió su lugar de pernoctación como estrategia de protección.

Casi la mitad de las PSH habrían sufrido agresiones, vejaciones, humillaciones e intimidaciones motivadas por la intolerancia y los prejuicios de sus agresores hacia su situación de extrema exclusión social. Dormir y vivir en la calle tiene un componente de violencia estructural que además se ve agravado por la violencia directa de la que son objeto. Cada 5 días muere una persona en la calle, el 27% víctima de agresiones.

El poder del miedo en nuestra sociedad es un hecho constatable, el pasado año 2017, ha habido un enorme incremento de las ventas de 1984, la conocida novela de George Orwell. Nada menos que un 10.000% y subiendo. El contagio ha llegado a España, donde ha reaparecido en la lista de los más vendidos en numerosas librerías.

Para Cristina Hernández, participante en el estudio, es igualmente necesario cambiar la percepción ciudadana. «Hay que romper mitos. Algunos evitan pasar por la noche por donde hay Personas sin Hogar durmiendo. Presuponemos que nos van a robar; las ponemos en la lista de agresores potenciales, no de víctimas, cuando la realidad es que estas personas viven atemorizadas, especialmente por la noche». Algunas se dedican a pasear durante esas horas. Otras se han acostumbrado a dormir con un ojo abierto.

Pero lo que más les duele a estas personas no es siempre el insulto grueso. Lo que terminó de hundir, por ejemplo, a un hombre de 53 años que llevaba tres meses en la calle fue que una mujer le dijera simplemente: «Qué asco das», mientras él recogía sus pertenencias tras pasar la noche en un cajero. Conviene recordar que el asco, es aversión y ésta, según la RAE, es una de las definiciones de fobia.

“Me siento furioso. Soy una persona como ellos pero que he tenido mala suerte de perder a mi familia. ¿Por qué me tratan así? dice un joven de 24 años que perdió a sus padres y a su hermana en un accidente y estuvo tutelado por la Administración hasta que cumplió los 18 y se vio de golpe en la calle.

Según la investigación, respecto al impacto emocional que tuvo el incidente o delito de odio, sólo un 5,3% de las víctimas señalaron sentir indiferencia frente a la experiencia que compartieron con el Observatorio Hatento. Sin duda, se trata de un claro indicador del impacto emocional que este tipo de hechos tiene sobre las víctimas.

La ira hacia las personas responsables del suceso es la emoción que refieren de forma más frecuente, afectando al 45% de las víctimas. Este resultado es especialmente interesante, de cara al abordaje inmediatamente posterior por parte del personal técnico y voluntario de las organizaciones de atención a Personas sin Hogar, de modo que será fundamental jugar un papel de contención emocional, que facilite la canalización de la ira.  Esta interesante reflexión no sitúa en una de las características de las emociones, su mutación hacia otros estados emocionales una vez experimentada la intensidad emocional inicial. La ira, es uno de los estados emocionales asociados al miedo.

Adela Cortina no se queda en un plano teórico, busca posibles soluciones para el problema de la aporofobia, llamando a la conciencia de las personas y las instituciones sociales y reivindicando el papel de la justicia y la compasión en la educación. Como resumen de su propuesta, quizás valga la pena recordar, que “los hombres nacieron en relación, no como individuos aislados, nacieron en vínculo, no como átomos cerrados en sí mismos”.

Para ilustrar estas líneas, invito a la reflexión sobre estos miedos (des)conocidos con este vídeo

Asco moral

18 junio, 2018

Hoy nos visita nuevamente el Asco, pero en esta ocasión en su faceta de Asco Moral. Como en el post anterior, lo haré a partir de la narración de Aurel Kolnai y presentaré algunas de las múltiples versiones que presenta el asco.

Pero antes de proseguir plantearé la siguiente pregunta que se incluye en El Blog de FOROTOC, Un espacio para tratar el Trastorno Obsesivo Compulsivo. ¿Por qué se ha tardado tanto en poner la atención al Asco? Es curioso, porque del análisis exhaustivo que hicieron B. Olatunji y D. McKay (en su libro El asco y sus trastornos), no ha existido ningún artículo de referencia hasta los años 90 hablando específicamente sobre el asco; mientras que otras variedades de emoción, como la ansiedad, la felicidad o la ira, se pueden contar a centenas.

Ellos plantean 4 razones básicas:

  1. Porque nunca se le ha visto interés alguno y el tiempo se ha dedicado en otros temas más destacables y perturbadores (como el miedo).
  2. Porque se veía difícil de observar y estudiar en laboratorio.
  3. Porque siempre se ha asociado a unos comportamientos demasiado específicos (como el comer) y precisamente el tema de la comida ha estado muy apartado hasta hace relativamente poco tiempo.
  4. Quizá la más interesante de todas las razones: Porque a los investigadores les da asco tratar sobre el asco. Una conducta evitativa a gran escala.

 

En esta línea de emoción evitada y olvidada, se expresaba con acierto nuestro amigo Iñaki Pérez, allá por 2015 en un post   “Me tenéis olvidada, …”

Por otra parte, parece ser que el primer libro tratando sobre el asco específicamente, fue creado por William Ian Miller en 1997: Anatomía del Asco.  William Miller se embarca en un viaje fascinante al mundo de la repugnancia, mostrando cómo aporta orden y significado a nuestras vidas, incluso cuando nos horroriza y nos rebela nuestra noción del yo, íntimamente dependiente de nuestra respuesta a las excreciones y secreciones de nuestros cuerpos.

Y es precisamente en el cuerpo donde residen algunos ascos, como el asco al “hombre musculoso”, a la brutalidad, esa energía corporal de carácter agresivo, violentador e incitador, que son cualidades indispensables para la producción del asco. Muchas personas considerarán estas imágenes como asquerosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Colin MacGinn (El significado del asco), al sentir asco hacia nosotros mismos como especie, nos situamos ante un tenso dilema emocional: nos admiramos por nuestros logros, pero también experimentamos un sentimiento de repulsión hacia nuestra necesaria naturaleza orgánica.

Y qué diremos del asco a la sexualidad desordenada, en palabras de Kolnai, se trata de una vitalidad que hierve y arde en sí misma, tanto como irrefrenable impulso sexual, como asquerosa atracción y excitación sexual.

Y de esta manera, fruto de la cultura, algo de carácter natural, lo convertimos en asquerosidad moral. Cuántas veces habremos oído en palabras de personas allegadas ante la visión de pornografía, o en cualquier charla o explicación sobre sexo, aquello de ¡qué asco, por favor!

Esta perspectiva cultural de las emociones, que está presente en las corrientes teóricas de la sociología de las emociones (véase Arlie R. Hochschild), aboga porque unos de los orígenes de las emociones está en la cultura y socialización de los sujetos.

En este línea, Iñaki Pérez en “Me tenéis olvidada”, cita a Rozin y Fallon quienes califican al asco como “la emoción de la civilización”, por la adquisición de emociones y valores motivados por la cultura y la historia social.

También es cultural un asco mayor y específico que sentimos hacia el incesto entre hermanos. Y aquí, Kolnai introduce un elemento clave, la cuestión ética de cuándo debe ser concebido un comportamiento como moralmente malo, o al menos desordenado, ante el que se siente asco, la sexualidad perversa, poligámica, que se presenta como hostil a la vida con presencia de amoralidad sexual. Se trata de un exceso de vida desordenada, algo sucio, húmedo, espumoso, insano.

De aquí la aparición del asco ante la inmoralidad en tanto que ésta se nos presenta como ensuciamiento de la vida y de los valores. En esta suciedad asquerosa de los valores, aparece otra de las facetas del asco, la mentira.

Asco, aversión que nos estremece al comprobar algo mentiroso. La mentira es hostil. Cuando sabemos, escuchamos alguna declaración que percibimos como deliberadamente falsa, entra en juego la asquerosidad de la mentira, que contempla agresividad oculta, escurridiza. Metafóricamente, aquel que miente es etiquetado como culebra, gusano, lombriz.

 Mentir es asqueroso, sí, pero más asqueroso es engañar mediante la falsa presentación de verdaderos valores, los cuáles sirven de máscaras para encubrir el interés del dinero, u otros intereses partidistas. Un hecho con una especial suciedad que presenta una Imagen pastosa, podrida, que se introduce corrosivamente.

De este modo, damos entrada a un hecho social de especial asquerosidad a la que parece que nos estamos acostumbrando. La mentira da paso a la corrupción.

 En estos tiempos que nos ha tocado vivir no podría faltar en una conversación asquerosa. La corrupción no sólo es algo que la humanidad considera sucio, por tanto, asqueroso, porque falsea los valores más altos. La corrupción también tiene connotaciones de infidelidad y de traición, algo que es realmente asqueroso.

Un aspecto especial de la corrupción es que desaloja, sustituye altos valores como la honradez, la honestidad, el bien público, la confianza y la convicción y muestra un característico brillo de putrefacción.

En este sentido, para Kolnai es digno de mencionar a la falta de nobleza, a la “vitalidad de la grosería” sin límites ni ideales. En la corrupción el único ideal es el dinero, fruto de la avaricia y la codicia, emociones que también presentan rasgos asquerosos.

Unida a la asquerosidad moral de la mentira y la corrupción, aparece la asquerosidad de la blandura moral, de la flaqueza de carácter, de la incapacidad de voluntad firme, de perseverancia o de tomar posición ante las injusticias. Todo lo cual puede ser fruto de la indolencia y de todo aquello que muestra falta de solidez moral.

Kolnai nos habla de la función ética del asco, el papel del asco en la repulsa moral, el asco alude a lo malo, señala la presencia de una cualidad especial, lo inmoral, lo pútrido moral.  La putrefacción moral ataca a lo más íntimo, a lo más valioso de la persona y lo hace brillar en un moho espumoso, un brillo especial del que se suelen envolver aquellos que tienen algo de encantador y atrayente y con el cual son capaces de engañar asquerosamente.

Otro aspecto interesante que subraya Kolnai es que el asco no debe fundamentar ninguna intención de destrucción contra el objeto (o sujeto) asqueroso, el asco no debe decir: eso hay que destruirlo. Eso sería que el asco por sí solo determina nuestra postura frente al objeto, el asco no debe apagar el amor hacia una persona o hacia los objetos de representación cultural, lo cual indicaría la estupidez naturalista inmoral, prejuicios, fanatismos, etc.

El asco moral tiene que ver con un asco invisible, un asco diseñado a medida por nuestros pensamientos, creencias y convenciones sociales. El ejemplo más clásico es el rechazo que provoca a la mayoría de la gente vestirse voluntariamente una prenda de una persona odiada. En este caso, ya no solo es un problema de contagio por riesgo de contaminación de gérmenes, sino de contagio de “valores morales”. Unos ¿valores? de los que no queremos contagiarnos por pútridos.

Ahora bien, ni el olor a carroña se transforma de repente en olor agradable, ni se transforma lo asqueroso en algo atractivo. Por eso, el asco no debe considerarse como un extravío de la vida humana, es una emoción legítima, útil, llena de sentido, pero no debemos darle paso libre de forma incontrolada, porque puede obstruir el camino a muchas cosas de valor en la vida e impedirnos hacer cosas nobles, el asco, en palabras de Kolnai, necesita examen y pulimento.

Con ello, Kolnai nos quiere decir que el asco hay que aceptarlo como a todas las emociones, puesto que también nos ayuda, pero regulado, manejado de manera adecuada e inteligente.

Termino esta serie asquerosa con fragmentos de un poema de Franz Werfel, que Kolnai incluye en el texto, muy apropiado, que sirve de metáfora a tanta y tanta putrefacción moral a la que asistimos en los últimos tiempos.

Espantosa, enmarañada, delante de nosotros, fluía

una corriente de carroña, sobre la cual brillaba el sol.

Me llamé amor, y ahora me ataca también

este vómito ante la ley más asquerosa

Se inclinó furioso y hundió

Las manos en los insectos de la corrupción;

y, ¡ay!, de rosas un olor, un profundo olor,

se levantó de la blancura.

El Asco, emoción misteriosa

13 junio, 2018
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Hoy presento un post asqueroso, no porque el texto sea asqueroso, sino porque hablaré sobre el asco. Es curioso, pero creo que en este blog aún no hemos hablado de esta emoción.

Para redactarlo me he inspirado en la lectura de Asco, Soberbia y Odio, de Aurel Kolnail y hago referencia a algunos de los conceptos que desarrolla. Kolnai fue un polifacético e ingenioso filósofo que desarrolló su obra durante las primeras décadas del pasado siglo con una perspectiva fenomenológica de la vida emocional. Según Kolnai todo aquello que debemos hacer no viene determinado por normas, sino por valores, unos valores que conocemos por medio de actos afectivos. Kolnai fundamenta su obra en la ética de los valores.

Lo cierto es que este libro da mucho juego porque desarrolla tres emociones poco analizadas, de tal manera que este post constituye el primero de una serie que escribiré sobre ellas. En cuestión del asco, este post será la primera parte, que tendrá un aspecto más escatológico que la segunda, que versará sobre el asco moral.

El asco, la soberbia y el odio, a pesar de ser muy dispares, tienen un elemento en común; las tres son respuestas de defensa o de rechazo frente al entorno, en las que se pone de manifiesto la posibilidad del ser humano de romper los lazos positivos que lo unen al mundo.

En esta obra, Kolnai hace una llamativa comparación entre el asco y la angustia, a las dos emociones les otorga intencionalidad, ambas emociones precisan de una base cognitiva para tener lugar, las dos cuentan con fuertes reacciones corporales, y se diferencian en que la angustia se dirige a lo peligroso, cualidad diferente a lo asqueroso. La angustia huye de lo peligroso, el asco se aleja del objeto asqueroso, pero paradójicamente permanece atado a él impregnándolo.

El estudio del asco resulta muy interesante porque se extiende a un amplio abanico de opciones. Es una de las emociones que pertenecen a las llamadas reacciones de defensa.

Una característica específica del asco es que no se relaciona nunca con lo inorgánico, todo asco, incluso el moral, es fisiológico, incluso más que la cólera. El asco tiene una estrecha relación con el cuerpo. Ahora bien, no debemos relacionar al asco con una simple corporalidad, por ejemplo, “ganas de vomitar”, porque se puede vomitar por causas que nada tienen que ver con el asco. El asco también es una experiencia psíquica, que abarca todo el cuerpo, pero a pesar de ello, la intención del asco se dirige hacia fuera y se adhiere al objeto que lo produce.

Otro aspecto característico de asco es la proximidad, se produce en la cercanía. Ante lo asqueroso también experimentamos angustia, una angustia relacionada con lo peligroso, es una reacción de defensa hacia algo que afecta al individuo. A este respecto, los objetos asquerosos son alimentos podridos o insectos malignos, sabandijas, alimañas, la colorida y viscosa salamandra que se protege con su aspecto asqueroso. Esta es una consideración del asco ante lo oculto, lo sospechoso. Todo lo asqueroso tiene algo de misterioso y chocante, por ejemplo, esa baya roja que llama poderosamente la atención, ¡pero es venenosa! la amanita muscaria, que mantiene una peculiar interacción con los insectos.

Los conductores principales del asco son el olfato – unido al paladar-, el tacto y la vista. Pero curiosamente, también dispone de poder auditivo al presuponer una serie de relaciones asociadas al objeto productor del asco. Produce asco una voz aguardentosa, porque representa el carácter moralmente asqueroso de la borrachera, el aliento de un borracho. Si alguien chasquea los labios, hace ruidos con la boca al comer, se sorbe los mocos, etc.

Pero es el olfato el verdadero asiento del asco. El olfato se relaciona con la putrefacción, con la ruina, la degradación de la vida, de los alimentos. El asco a los olores corporales, al sudor de las axilas, a los a veces graciosos pedos, aquel intenso olor a los “pies muertos” que habitaba en un vestuario de trabajo y que se impregnaba hasta en la ropa.

El tacto ocupa el segundo lugar en la producción del asco. Pensemos en que lo asqueroso tiene tendencia a “pegarse”, con esa sensación de lo blanducho, lo pastoso. Lo prototípico de lo asqueroso es lo podrido, imaginemos el asco que sentimos al tocar supuraciones, pus, carne fétida, pútrida y descompuesta, todo ello acompañado con el olor a putrefacción específico.

Pero también el asco tiene sus colores, cualidades visibles de la putrefacción que dirá Kolnai. La decoloración o el brillo de lo podrido. Como el asqueroso brillante color oscuro y olor de la putrefacta charca mezcla de barro y de mierda de vaca en la que me caí al resbalar con la bici, el fétido olor que tuve que aguantar durante los 15 kilómetros que me restaban para llegar a casa, mientras percibía cómo aquella pastosa mierda se iba secando y pegando a mi ropa y mi cuerpo.

Kolnai está brillante al recomendar que no nos olvidemos de las heces. Este asco lo utilizamos habitualmente como metáfora; “no revuelvas la mierda” cuando no queremos tratar un tema concreto que nos produce asco, algo que “huele mal”.

Las heces representan la descomposición (término recurrente para designar la diarrea) de un cuerpo viviente. El asco surge con la corrupción, la desintegración, el olor cadavérico, el tránsito de la materia viva al estado de materia muerta. Es la asquerosidad de los excrementos como productos de descomposición de la vida expelidos por el cuerpo viviente.

Uniremos este asco a las secreciones corporales. Aquellas que se pegan en lugares indebidos, por ejemplo, lo mostrado en la imagen de cabecera. A este respecto, contaré otra anécdota asquerosa. Cuando me encontré con un excompañero en plena calle y vi que cómo se quitó con la mano una espesa, abultada y verdosa masa de mocos de la nariz, conglomerado que acabó pegado en la espalda de mi chaqueta, aún recuerdo el intenso asco que sentí, y el asco que vi en la cara de mi mujer que me acompañaba.

En su tratado del asco, Kolnai no se olvida de la porquería, de la mugre, de la basura. Quizás los únicos objetos asquerosos que no se refieren directamente a la vida. Mi mano está mugrienta, sucia y repugna tocarla, o tocar con ella la comida, ¡o la cara de otra persona! El asco protege de tener malas consecuencias para la salud por comer con las manos sucias.

Aquí aparece también el asco a determinados alimentos, repugnancia a lo extraño, asco simplemente porque no estamos acostumbrados a comerlos. Tengamos en mente la asquerosidad de los huevos podridos, determinados quesos, con sus propios gusanos o mohosidad. La llamada “casquería”, sesos, mollejas, callos, huevadas de pescado. Son alimentos asquerosos para mucha gente, por aquello de su origen y su textura gelatinosa, inconsistente y pegajosa.

En cuanto a lo gastronómico, también se produce asco por saciedad, sobre todo con lo dulce, por abundancia. Otro asco metafórico, la molestia de la saciedad, cuando lo utilizamos para expresar que estamos hartos de cuestiones que nada tienen que ver con el asco; “basta ya”, “estoy harto”, “esto ya no lo quiero tragar”. Kolnai con agudeza dijo que la sensación del asco le impide a uno ahogarse en un placer.

 El propio cuerpo humano, su proximidad puede mover al asco. Aunque en algunos casos, este sea un asco patológico. ¿Cuánta gente siente asco en las aglomeraciones del tranvía, o al sentarse en una silla “caliente”? Asco que se extiende también a lo sexual, de lo cual hablaremos en la próxima visita.

De momento ya hemos tragado suficiente asco, y como habréis podido comprobar, el asco también se manifiesta en la lejanía y en diferente secuencia temporal.

Os dejo con la música que contiene la imagen de cabecera https://chesterton.bandcamp.com/track/rata-mojada, portada del cd de Chesterton tu casa que asco

¿Cuál es vuestra experiencia con el asco?

Emocionario de Tesis

28 febrero, 2018
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Hoy vengo al blog a hablar de mí, de mis estados emocionales, de las emociones que últimamente estoy sintiendo en relación al proceso de elaboración de la tesis doctoral.

Y lo hago porque he constatado que son emociones que comparto con otras personas de mi edad que también están estudiando. Unos sábados atrás coincidí haciendo la compra con un compañero de trabajo, también estudiante, me confesó estar contrariado porque estaba tardando más de lo previsto en “llenar el carro” y tenía ganas de terminar e irse a la biblioteca a estudiar. Mientras esperábamos el turno en la pescadería fuimos hablando y compartiendo nuestro sentir en el proceso de estudio. Por un lado está la alta motivación que tenemos, las ganas e ilusión por aprender, por adquirir conocimiento y disfrutar del estudio y del proceso de investigación.

Pero por otra parte, como él, siento rabia cuando tiendo a pensar que mi prioridad es sentarme a solas con la tesis y no encuentro tiempo porque surgen otras cosas, y no es así, hay otras prioridades que atender, tareas, atenciones y responsabilidades del hogar y la familia, lo que me lleva a mantener un permanente esfuerzo de gestión emocional. Se me está haciendo difícil. Siento rabia cuando me cuesta organizarme y preparar la bibliografía y el material necesario para sentarme a escribir, porque por diversas circunstancias familiares no cuento con un sitio fijo para estudiar y escribir. Algunas tardes las paso enteras en la biblioteca.

Se está convirtiendo en una obsesión, y esto no es bueno, así lo siento, eso me genera una contradicción interior y lo confieso, también algo de rechazo, por eso a veces viene el pensamiento de dejarlo todo y vivir cómodamente. Pero el compromiso conmigo mismo en este reto es muy fuerte y el convencimiento de que estoy haciendo algo valioso me mantiene firme.

Y también viene el miedo, al que nadie llama, pero se presenta. Miedo a no cumplir con el nivel deseado, a no cumplir los plazos planificados y previstos, miedo a desvincularme emocionalmente de la tesis. Y qué decir de la tristeza. Son muchas las noches que me siento triste porque veo que finaliza el día y no he podido dedicarle tiempo. Quizás por eso muchos días me siento cansado, con ganas de tumbarme en la cama. O tal vez porque mi energía física y mental es más alta durante la mañana.

Bueno, también aparecen emociones agradables que me producen bienestar y una gran satisfacción, como la sorpresa y alegría cuando descubro algo nuevo, alguna nueva conexión de pensamiento, de ideas, de posibles nuevas líneas de investigación, algo nuevo que incorporar.

La ilusión cuando avanzo, cuando al cerrar el ordenador y guardar los libros, me siento satisfecho con lo realizado y presiento que a pesar de todo, haré una gran tesis, estoy convencido de ello. Queda aún mucho trabajo, y sobre todo me queda mucha gestión emocional, pero eso es la vida ¿no?.

Emociones ante el despido, cómo convertir un despido en una oportunidad.

28 diciembre, 2017

Hace ya algunos días recibí una noticia que inicialmente yo juzgué como negativa, una desagradable sorpresa.  Pilar, una buena amiga y compañera de doctorado. anunciaba en linkedin que tras 27 años trabajando en una buena empresa de actividad tecnológica, ha sido despedida. ¡ a sus 53 años !

De inmediato le llamé por teléfono para hablar con ella y que me contara qué había sucedido.

Algo ya nos había contado unos meses atrás, existía la posibilidad de “limpieza de plantilla” en la empresa, al haber sido absorbida por un “gigante tecnológico” (INDRA).

Con su habitual alegría y dinamismo, me dice que no pasa nada, que es un buen momento en su vida para hacer un cambio. Es decir, una oportunidad.

¡Esa es mi Pilar!, positividad a la enésima potencia. Me contagió su entusiasmo en un “pispas”.  Una virtud de ella que admiro.

Tras el choque inicial de una noticia así, que apenas duró un par de días, fijó su pensamiento en las muchas cosas y vicisitudes que ha tenido que pasar en su vida, que no han sido pocas, como para que esto le hiciera daño.

Cuando nos preguntamos sobre cuáles son las cualidades de una persona emocionalmente inteligente, solemos hacer alusión a la capacidad de resiliencia y en cómo afronta las contingencias que le sobrevienen en la vida.

En mi opinión Pilar es un ejemplo de ese tipo de personas.

En primer lugar, se ha posicionado de manera positiva y optimista ante un acontecimiento altamente estresante, analizándolo y observándolo como una buena oportunidad para hacer “otras cosas” que le apetecen en esta etapa de su vida.

Hace unos meses ha terminado unas oposiciones a un plaza de Socióloga, ¡quedando en segundo lugar!, cuestión que tiene reclamada por un defecto de forma en la valoración de sus méritos. A buen seguro, ganará esta reclamación, haciéndose con dicha plaza. Aquí tiene un buen motivo para estar tranquila, a la par que orgullosa.

Pero tampoco le preocupa mucho, tiene pensado dedicarse al ejercicio sociológico, a la sociología, de “manera diferente”. Está sopesando trabajar en alguna ONG u organización de vocación social.

De momento, se dará un tiempo para descansar y reflexionar y reorientar su vida, y disfrutar de su nieto.

Su decisión de publicar la noticia en las redes y medios sociales está basada en una de las recomendaciones que siempre se hacen a las personas en desempleo, apertura y refuerzo de la presencia en las redes y medios sociales, además de los contactos personales.

En pocos días ha tenido miles de visitas en sus páginas Linkedin y Faceboock y numerosos comentarios, también de empresas y personas que ha tenido como clientes, y sobre todo de solidaridad.

Con ello refuerza su autoestima, y se rebaja la “importancia cultural” del artificial estatus social que nos creamos alrededor de nuestra actividad profesional.

Es una buena estrategia emocional, puesto que de esta manera se supera la humillación, la vergüenza, la culpa y el miedo ante la situación. ¿Cuántas personas terminan con sus vidas truncadas, vencidas por estas emociones sociales?

Recordaremos que son emociones sociales porque se producen y proyectan mediante la estructura social y las normas culturales, en las interacciones sociales.

Como después de 27 de años de trabajo, se ha llevado una buena indemnización, de momento, está cubierta económicamente. Esto también da seguridad, obviamente.

Su marido trabaja, su hijo y su hija están ya acomodados, espera un nieto. ¡Está feliz!

Y sobre todo, podrá dedicarse a trabajar, desarrollar y escribir la tesis doctoral que queremos presentar en el próximo verano.

Curiosamente, el día anterior a su noticia, yo había leído esto en internet:

5 formas de despedir con inteligencia emocional.

Una posición desgarradora, en la que se debe hablar con el corazón hacia una persona que va a sufrir un escarnio personal y público, comunicándole una decisión que afectará notablemente a su vida privada (hipotecas, préstamos, familia, etc.) y que le supondrá un cambio de orientación respecto a lo que espera de su carrera profesional.

Y, en muchos casos, los despidos no se deben a una mala actitud o incapacidad del trabajador, sino que se deben únicamente a causas financieras o de estrategia corporativa.

¿Cómo podemos minimizar la incomodidad y el dolor que sentirá la persona despedida, el directivo que se encargue de comunicar la noticia y el resto de compañeros? Resumimos cinco consejos procedentes de la inteligencia emocional para despedir a alguien.

  • Escoger el momento y lugar ideal

Por supuesto, la primera norma a la hora de hacerle llegar la mala noticia a un trabajador es escoger el momento y lugar ideal o, si se prefiere, menos negativo.

Por supuesto, esta clase de comunicaciones deben hacerse cara a cara, nada de enviar un mísero correo electrónico o una llamada, incluso aunque sean profesionales que trabajan en otras localizaciones o que se comunican habitualmente por estos cauces.

En cuanto al momento, lo mejor es evitar que la reunión se produzca ante toda la oficina, por lo que deberemos escoger momentos en que la mayoría del personal está ausente o se ha ido ya a casa (por ejemplo, a última hora del día o a la hora de comer).

¿La razón? Ante un despido, las emociones pueden aflorar y producirse ataques de ira o humillaciones públicas. No queremos que toda la plantilla asista a ese espectáculo ni que se contaminen con los comentarios dolidos del despedido.

  • Llevar un guión

En un encuentro para despedir a una persona, hay que ser empático y lo más natural posible, sin que ello signifique renunciar a la máxima planificación.

Y es que, la espontaneidad puede ser una auténtica condena a la hora de entender las necesidades emocionales de un trabajador, por lo que llevar un guión de las ideas que queremos transmitir es esencial para evitar imprevistos.

También es recomendable, en opinión de los expertos, ensayar esta clase de conversaciones (preferiblemente con los responsables de RRHH de la propia compañía) hasta que sea relativamente natural.

  • Paciencia y templanza

A ambos lados de la mesa se van a experimentar emociones fuertes que obligarán a las dos partes (al menos, a lo que corresponde al directivo a cargo de la decisión) a controlar esas sensaciones, darse tiempo, paciencia y no dejarse llevar por la ansiedad.

No es nada negativo esperar un poco antes de hablar con el fin de estar lo más tranquilo posible e, incluso, aplicar técnicas de relajación mental para evitar que los nervios y el estrés se apoderen de nosotros.

  • Firmeza y dignidad

A la hora de despedir a alguien, el ejecutivo debe mantenerse firme en todo momento, explicando los puntos fundamentales que han llevado a esta difícil decisión, sin profundizar en historias o malos rollos anteriores que reabran viejas heridas o generen nuevas áreas de discusión.

Asimismo, el directivo debe ser capaz de asegurar la máxima dignidad de los trabajadores, independientemente de cómo éstos reaccionen en un contexto tan controvertido para ellos.

  • Todo atado y bien atado

Al margen de la empatía y el respeto por el despedido, el ejecutivo no debe olvidar que debe explicar todos los detalles relacionados con el fin de la relación profesional, incluyendo las especificaciones de la indemnización por despido, los días de vacaciones que le corresponden, las políticas de devolución de bienes de la empresa (como el móvil o coche), la fecha del fin de los beneficios que le correspondan (como seguro médico privado) o las restricciones futuras que puedan tener para buscar empleo en la competencia.

De momento, desconozco todos los detalles sobre cómo ha sido el despido de Pilar, y si se han cumplido estas premisas con ella, por lo que me ha contado, creo que no del todo.

Pero de lo que sí estoy seguro, es que a mí, no me gustaría tener que despedir a nadie, ni de manera emocionalmente inteligente, ni de ninguna manera porque se hace sufrir.

Con mis mejores deseos y cariño para Pilar y para todos y todas las personas que hayáis sufrido el momento de un despido. Porque sí, en esos momentos, se sufre y mucho (yo también lo sufrí varias veces hace algunos años).

La cuestión es,  ¿qué hacemos después con ese sufrimiento?

Imagen de cabecera: http://www.gmconsulting.pro/blogdeactualidadjuridica/formas-de-pago-de-una-indemnizacion-por-despido/